La piedra filosofal - Coleccion Otros mundos
La piedra filosofal

La luz de la ciencia proyectada sobre los misterios de la piedra filosofal.

La piedra filosofal

Georges Ranque

La piedra filosofalDel cientifico frances Georges J. Ranque inventor del tubo vortex, publico este libro en 1972 con el titulo original La Pierre philosophale trata sobre como converge la ciencia y la piedra filosofal.
En el año 1974 se publicó en esta colección con una traducción por J. Ferrer Aleu, donde nos habla sobre esta legendaria sustancia siendo la mas codiciada de la alquimia, capaz de transformar los metales o dar rejuvenecimiento.

Sinopsis

Colección Realismo Fantástico

Portada realismo fantasticoSi la piedra filosofal no tuviese una existencia real, Cómo explicar una búsqueda que tiene al menos dos  milenios de duración. El afán de ganancia basta, naturalmente, para explicar la perseverancia de los sopladores, muy numerosos en la edad media, únicamente impulsados por la esperanza de fabricar oro por medio de formulas abracadabrantes. Pero a lado de estos desdichados, que nunca dejaron huellas duraderas, estaban los filosofos, estudiosos de las teorias alquimistas atribuidas, con el nombre de Hermes, al antiguo Egipto.

Durante milenios, la organización de los grupos humanos se apoyó en el ejercicio de la autoridad, manifestada, en particular, en la esclavitud y en la domesticación de los animales. Pero, en tal estado de cosas, las leyes obligatorias de los fenómenos naturales eran inconcebibles: sólo se podía ver en ellas las manifestaciones de autoridades desconocidas. Por consiguiente, había que imaginar, para cada caso inexplicado que escapaba a la autoridad humana, la existencia de un ser invisible y dotado de autoridad, la existencia de un espíritu más o menos poderoso. Pero, ¡cuántas cosas misteriosas, cuántos espíritus que considerar, que enumerar, que clasificar por orden de importancia y por la autoridad ejercida por uno sobre otros! Para reconocerlos era preciso darles nombre. Ahora bien, en las sociedades antiguas, conocer el verdadero nombre de alguien y, sobre todo, escribirlo, representaba una especie de posesión que bastaba para establecer una autoridad. Conocer el nombre particular de cada espíritu podía ser, pues, una ciencia preciosa. El hombre que poseía este conocimiento se convertía en «mago» y creía que tenía autoridad sobre los espíritus y que podía darles órdenes, por el solo hecho de recordarles las palabras clave de que disponía. Toda la cuestión estribaba, pues, en descubrir el verdadero nombre de los espíritus; y aquí es donde el problema cobra interés para nosotros.

Dejando aparte la falsedad de la influencia de la autoridad sobre los fenómenos naturales, todo es lógico en las concepciones mágicas. Pero, ¿de qué modo podrá razonar el intelecto humano sobre cosas enteramente sobrenaturales? ¿Qué base habrá de buscar? Forzosamente, la más simple posible, y, ¿qué más sencillo que un ser cuya autoridad se impone a todos los demás, un espíritu fatalmente creador, en una palabra, Dios? Sólo que entre Dios y el hombre existe un abismo infinito. ¿Cómo franquearlo? Aquí aparece lo que llamamos «método analógico», método que se funda visiblemente en un postulado que puede formularse en los términos siguientes: toda creación manifiesta indicios de la estructura de su creador. Tomemos un ejemplo de la vida corriente. Una máquina-herramienta construida por el hombre está provista, generalmente, de diversas manivelas para hacerla funcionar. Si examinamos un gran número de estas máquinas, destinadas a toda clase de trabajos, comprobaremos que todas ellas poseen manivelas. Por consiguiente, si no conociésemos al hombre, podríamos deducir que éste está provisto de órganos prensiles.

Dios lo ha creado todo. Por consiguiente, para conocerle, bastará con descubrir relaciones invariables y generales en lo que nos rodea, y remontarnos, gracias a ellas, a la estructura divina. Para conocer estas relaciones invariables, los adeptos de la filosofía mágica establecían, ante todo, una jerarquía de las cosas creadas y dividían éstas en tres clases: el mundo intelectual o divino, concebible pero no perceptible por los sentidos; el mundo celeste, en el que se mueven los astros, visibles, pero no tangible, y el mundo elemental, que nos es directamente accesible. Estos tres mundos, surgidos del mismo creador, debían poseer, necesariamente, las mismas invariables y, por consiguiente, las mismas estructuras generales, y, si se conseguía determinar cierta estructura en uno de los tres, ésta era válida para los otros dos. Así, por ejemplo, antaño se reconocían siete astros en el mundo celeste y siete metales en el mundo elemental. Por consiguiente, debían existir siete espíritus correspondientes en el mundo divino. Además, parecía normal que existiese una influencia autoritaria entre un mundo y su inferior, en bien de la comunidad estructural. Por esto, cada espíritu influía en un astro, y cada astro, en un metal. Sin duda alguna es enojoso, para la exactitud de las conclusiones, que el número siete no sea en modo alguno invariable, tal como se creía. Pero el método subsiste y puede conducir a resultados interesantes si, gracias a los modernos conocimientos, se consigue determinar verdaderos invariables.

En la misma filosofía, la Cábala hebraica representa la aplicación más estudiada de este método. Partiendo de los diez primeros números y de las veintidós letras del alfabeto, pretende reconstituir lógicamente el esquema integral de la creación, ya que, en realidad, puede expresarse todo con estos treinta y dos símbolos. En todo esto encontramos implícitamente la noción de que la forma o su esencia, el orden, constituye el medio de relacionar la idea con la materia. Citemos un ejemplo antiguo y muy conocido: gracias a su forma y a su disposición, una ratonera permite relacionar con la materia inerte la idea de cazar un ratón. Esta manera de ver las cosas no debe sorprender a la gente de nuestra época. En los ordenadores, millones de ideas complejas están fijadas en innumerables células materiales gracias a la simple disposición de éstas en un orden determinado, donde cada una de ellas sirve únicamente de soporte a dos ideas: sí o no.

Pero dejemos ahora estas consideraciones. No me propongo estudiar aquí, más a fondo, este aspecto de la razón humana, sino solamente mostrar el interés que puede tener el examen científico de estas antiguas ciencias ocultas. Este objetivo, con referencia a la alquimia, es el que nos hemos impuesto en esta obra.

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